Es tal vez el más deseado de los 365 días, especialmente, por aquellos que debieron enfrentar todo tipo de adversidades con magros resultados. Los que fueron mejor tratados por la realidad lo aguardan con inquietud y con el deseo de que la buena racha que los ha acompañado, continúe. El 31 de diciembre es sinónimo de alegría, para unos, de tristeza, para otros. Nos trae el recuerdo de seres queridos que ya no están en nuestra vida: muertes, amores concluidos, pero también la posibilidad de que nuevo año que se abre, sea más venturoso. Es inevitable hacer un repaso de lo vivido durante los anteriores 364 días. Se necesita indudablemente una buena dosis de sinceridad consigo mismo para ejercitar la autocrítica, que si llega a buen puerto nos ayudará a cambiar lo que no se hizo bien.
Para una buena parte de los tucumanos, 2016 fue un año durísimo desde el punto de vista económico, pero también tuvo satisfacciones emocionales. El año del bicentenario de la declaración de la Independencia nos tuvo de protagonistas; el fervor patriótico se coronó con una masiva participación popular para saludar a la medianoche el 9 de julio que llegaba. La noticia del reingreso del limón a tierras estadounidenses fue una de las mejores noticias para la Provincia.
Pero también las vicisitudes acompañaron este año de festejo. Problemas crónicos se profundizaron. La inseguridad y la delincuencia siguen siendo flagelos de la sociedad. Casi ningún comprovinciano puede sentirse a salvo de los malhechores que atacan a sus víctimas en cualquier lugar. La audacia es tal que han perpetrado robos incluso en las proximidades de las comisarías. Pero no sólo las personas, las escuelas son con frecuencia blanco de los ladrones.
La droga marcha a paso redoblado. Y aunque se han hecho exitosos operativos en la lucha contra el narcotráfico, el mayor déficit está en la falta de centros para rehabilitación de los adictos. Es notable la ausencia una política de Estado para abordar estos problemas en forma integral. Urge convocar a distintos sectores de la sociedad (universidades, centros vecinales, instituciones, culturales), así como las áreas de seguridad, educación y salud del gobierno para con el aporte de todos se diseñe una política.
El patrimonio cultural sigue atravesando sofocones, debido a que una parte de la clase dirigente parece empeñada en hacer desaparecer el valioso legado de los tucumanos que tiene que ver con su pasado e identidad. La seguridad vial sigue haciendo aguas. El alarmante incremento de accidentados -principalmente, motociclistas- refleja falencias en el control y en la educación.
La Universidad Nacional de Tucumán ha pasado uno de sus peores años. Jaqueada por problemas económicos que reflejan una administración deficiente, tuvo que apelar a la Nación para poder pagar los salarios de diciembre y el aguinaldo. La colocaron en la categoría de “la peor” del país. En los últimos años, la casa de altos estudios ha sido noticia más por hechos de corrupción y conflictos financieros que por sus logros académicos.
Se ha definido a 2017 como un año electoral porque se eligen diputados nacionales, hecho que sin embargo, tal vez poco le interese a una ciudadanía hostigada constantemente por la inflación, las tarifas, la desocupación, el impuesto a las ganancias. Sería positivo si nuestros dirigentes se ocuparan de encarar políticas a largo plazo y no meros parches para ganar votos. Sería muy bueno si se centraran principalmente en los intereses de la gente y no en los personales, como habitualmente suelen hacer muchos de ellos. El nuevo año que está llegando es una gran posibilidad para hacer realidad el pedido de “Juntarnos”, la canción de Lucho Hoyos, que expresó en este bicentenario la necesidad de encontrarnos y unirnos para trabajar todos por el bien común.